Sobre Destinos y Hadas.

Voy a aprovechar ahora que no estas leyendo
para escribirte en secreto.
Para reflexionar con libertad
a la espera de que tengas tiempo para leerme.
Escribo en caída libre
y no sé con que idea me golpearé la cabeza al final del camino.
Podría escribirlo en una hoja de papel o llenar con palabras un archivo
pero las caídas libres no gustan de juegos de niños.
A ellas les place mostrarse como el viento en el pelo de un suicida
que se abalanza desde un acantilado hacia el abismo
y no dudan en buscar el lugar más insólito para desplegar sus encantos dormidos.
Y ellas, maleducadas caídas libres, me obligan a dar  una disculpa por la longitud,
aún desconocida,
del regalo que supone esta sima insondable
a la que me entregaré al volver andar por lo desconocido.

Esta caída comienza con la caída de un niño
con cuerpo de joven y corazón de viejo que,
un día, decidió darle alas a un hada marchita que fallecía
entre las miserias a las que su mente la condenaba.
Fue amor.
No, eso no.
Más bien veneración a esa figura muerta en vida,
una flor seca atrapada entre las páginas de una novela sombría.
Una rosa herida que deshojaba sus pétalos
al ser arrastrada por las turbulencias de la vida.

Y él aún no sabía lo que acontecería
ni podía intuir siquiera que aquel extraño perfume que su nariz percibía
no provenía de los aceites rancios de aquel bar y sus cocinas.
Pero algo preveía,
ya que el olor a lágrimas,
miedo,
dolor
y heridas
había estado siempre muy presente en su vida.
Aún así no sospechó que de aquel Twingo amarillo,
que dominaba una mujer de dorada dentadura marchita,
descendería el final del comienzo de sus días.

Un hada sin alas vestida de luto,
con su alma perdiendo la mirada en el infinito
a través de ruinas pardas y verduzcas
por el moho que se alimentaba de dolor salino.
Caminó hacia  Destino mientras este dibujaba
con tiza sobre el cemento
el sueño que le había robado las noches durante los pasados días.
Tijeras delineaban la tela que cubriría la estructura de acero
con la que aquel delicado ser alzaría el vuelo,
para alcanzar la luna que imitaba sin gloria
el brillo de su piel argentina.

Y Destino,
que era niño,
se ilusionaría.
Y Destino,
que era joven,
tarde o temprano se equivocaría.
Y Destino,
que era viejo,
sabía bien lo que hacía.
Y Destino,
que era cojo,
tarde o temprano tropezaría
para comenzar así su caída.
Vestida la musa con los dones del cielo,
tomó la mano de Destino y danzó con él
antes de alzar el vuelo.
Y danzando creyó volar
mientras la felicidad la hacía olvidar sus deseos.
Y Destino la robó un beso
que puso en sus pies el peso del amor,
que aquel hada portó
como porta los grilletes un reo.

Y después de aquello,
Destino vivió sin ser querido pero queriendo
mientras  que aquel hada derramaba toda su belleza
en una bañera vestida de sangre.
Destino no quiso vivir y Hada no quiso la vida.
La eternidad fue un sueño compartido
que Tiempo escamoteó dentro de sus bolsillos.
En total silencio.
Hasta que el amor que la ataba enfermó a Hada
hasta tornarla fatídicamente humana.
Y Destino descubrió que su veneración le había envenenado,
dejándolo marchito y seco
dentro de un poema sin palabras.
Porque él ya no era nada
y  su musa se marchaba en un Twingo amarillo
que se movía a merced de una mujer
con la sonrisa manchada por la sangre
de Destinos y de Hadas.

Y solo le quedó a Destino el esbozo de un sueño sobre el cemento
que el Tiempo y la lluvia se encargaron de convertir en una historia pasada,
dónde Destino y Hada no eran más que desvaríos
en la mente vieja de un joven que quería ser niño.
Un niño sin musa.
Un joven sin todo.
Un viejo en la nada.

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Sobre Moon.

Luna flota muerta
soñando con otras Tierras.
Vestida de rojo sangre
a la inmortalidad espera
mientras jóvenes viejos
enfermos de amor y cojera
esperan sobre la acera
una noche sin Luna Nueva.