Sobre problemas técnicos.

Bueno, queridos lectores, me toca informar que en estos días las cosas se me han ido un poco de las manos y eso esta afectando a las publicaciones diarias a las que nos hemos acostumbrado. Ya os contaré más adelante hasta donde llegan estos problemas pero ahora nos centraremos en uno que afecta directamente a los que nos acogemos en estas página. La pantalla que usaba para mi ordenador ha decidido pasar a mejor vida y, lamentablemente, no tengo otra que poder usar. Para colmo ahora estoy usurpando una pantalla con un problema técnico de características desconocidas que me impide ver la totalidad de lo que escribo. Manda huevos… Ahora procederé a devolverle la pantalla a su dueño antes de que se percate de que la he cogido y volveré a las tareas que estaba haciendo. Pero no sin antes despedirme hasta dentro de unos días, en los que volveré a contar con una pantalla y podré seguir escribiendo para vosotros. Si todo sale bien os deleitaré dentro de poco con unas cuantas cosas nuevas en esta página con las que podréis disfrutar más y mejor de este espacio. Pero ya no digo más.

 

A la espera de poder volver pronto, un fuerte abrazo,

Alex M

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Sobre lo que no se dice.

Pasan dos o tres días de aquella noche. Mi pareja y yo os recogimos en el que piso en el que vive por un puñado de euros al mes una amiga en común. Tomamos juntos una cerveza y no tardé en empezar a divagar a partir de una reciente discusión que mantuve con otro escritor sobre la calidad de mis textos. (Sí, la que tuve contigo.). Ahorrando las conclusiones sobre ciertos artistas que surgieron a partir de la sangre, el fuego y la rabia que prima en la cruenta batalla por abandonar el anonimato; pusimos nuestras almas sobre talas tablas. Nuestras obras  se están pudriendo sin remedio en cajas, cajones, estantes y archivos y, aunque no osamos mentar lo que esto produce en nuestro interior, se podía traducir por el agotamiento que se reflejaba en nuestras caras y por las miradas que se perdían en el infinito que la lucha por aquello que amamos se estaba volviendo demasiado pesada. No dejábamos que, a lo largo de la conversación, el silencio tomara la sala. Ya es bastante silencio el que soportamos cuando, en soledad, vemos como pedacitos de nuestras almas son pasto del polvo en un rincón de la habitación. Las lágrimas estaban a flor de piel pero las musas cuidaban de que no amargaramos la dulzura de esa cerveza y continuamos así hablando hasta que dio la hora de marcharnos.

No dejo de ver caras, escuchar historias y tragar realidades cubiertas con un manto de anhelos, aceptando, como si de jarabe amargo se tratase, cucharadas de brutal realidad. En un mundo donde la libertad esta reservada a los grandes mecenas y a sus protegidos, los pequeños placeres (una buena charla, una copa algo de música o una imagen bella) no son para nosotros, artistas curtidos en un abismo hirviente de pretensiones, falsedades y mentiras; más que una bocanada de aire (¡Bendita bocanada de aire!) que nos recuerda que somos voces dormidas que claman en silencio por esa libertad prometida por los hados. Soldados dolientes en la cruda batalla contra el tiempo, peregrinos en el camino hacia la eternidad.

Pensé, volviendo a casa después de aquella reunión improvisada, en qué hubiera sido de mí, con ocho dulces añitos, cuando opté por escribir un puñado de versos para aliviar el dolor que me había llevado a pensar en la muerte; si alguien me hubiera contado la crudeza del camino que me esperaba. Me gustaría saber que hubiera pasado con este que os escribe de haber escuchado una voz que le alejara del sueño de cambiar el mundo mediante lo que escribe. Aquel momento en que me prometí crear belleza a partir de mi tristeza esta lacrado con sangre seca y sepultado en las arenas del tiempo aunque sus ecos  llegan aún con fuerza a mis oídos. No puedo saber a ciencia cierta que me llevó a tomar esa decisión pero recuerdo que la gloria que me prometía el destino de haber servido a lo impuesto se quedaba corta ante el brillo de todo lo que podía ser capaz de construir más allá de las normas. Aún habiendo visto el largo camino que me ha llevado a escribir esta noche para vosotros, un camino de espinas sembrado de imágenes oscuras, nada hubiera impedido entregarme a los logros que he alcanzado, y alcanzaré, con estas manos. Tomé una decisión de la que no me arrepiento y no cejaré en mi empeño de cambiar el mundo con mis palabras y poder morir algún día sabiendo que serví como voz del silencio.

Sobre genios, musas y pelusas. (I)

(Para todos los que habéis sido presas del arte.)      

En aquel momento de su vida la verdad se mostró ante él con una brutalidad sincera. Sus ojos se perdían entonces por la vista de aquella ciudad que nunca fue suya, a través de una de las ventanas de esa casa que nunca había sido su hogar. Con la vista perdida en el el atardecer, Allan Merlot repasaba los segundos que sumaban cada instante de su vida reflexionando a su vez sobre todos los instantes que formarían los segundos que le separaban de la muerte. En su paseo por la memoria fue dejando atrás toda creencia adquirida por la experiencia, avanzando mediante el olvido hasta el primer momento en que la carne que le conformaba adquirió consciencia de la vida. Con sus defensas relajadas ante el calor maternal de las imágenes de su infancia, Merlot se había convertido en presa fácil para las voraces musas a las que llevaba alimentando en secreto durante años. Y ellas no serían compasivas con aquel que las engordaba con novelas, cuentos, historias, leyendas y poemas en la clandestinidad de la noche para encerrarlas cuando la vela exhalaba su último suspiro en las estrechas cavidades de su mente. Merlot las apaciguaba con promesas de que algún día, lejos del hogar que le reprimía, las vestiría con la más hermosa de las tintas y las dejaría correr con libertad por el papel. Pero Merlot compartía a su vez otra promesa con el hombre del que salió la simiente que fecundó el germen de su vida. Porque Merlot no tenía padre, al menos no un padre como el que acostumbran a tener todas las familias, lo que le llevaba a ver a su figura paterna como un simple complice de su vida.

 

Demasiado cansado, demasiado borracho y con demasiadas heridas, pensaba Merlot de él cuando la imagen de su progenitor le sorprendía. No podía negar que guardaba en secreto cierta gratitud hacia esa figura por haber trabajado durante años por la familia, habiendo restado vino de su saliva para que su hijo tuviera casa, educación y comida, y nunca haber golpeado a su esposa con suficiente fuerza como para arrancarla la sonrisa. No era un buen tipo y nunca lo sería pero tuvo valor para enfrentarse a si mismo por su familia. Eso era una verdad consabida. Recordaba cuando el viejo Merlot se le acercaba al acabarse el dinero para bebida y aprovechaba la sobriedad para sacar a relucir con tosquedad el amor que sentía. Apestando a sudor, cerveza rancia y tabaco se acercaba a la mesa del comedor donde solía estudiar y le daba unos golpecitos cariñosos en la cabeza diciéndole “Hijo, tu harás que los Merlot nos podamos sentir orgullosos de nuestro apellido.” y cosas por el estilo. Después marchaba a la cocina en busca de una cerveza y desaparecía. Nunca quiso que el joven Merlot pasara hambre y le motivó para que sus estudios hicieran de él un importante hombre de negocios. Su rudeza y el peso de la miseria que hundía sus hombros le llevaban a despreciar cualquier expresión artística tomando a todo artista por un mariquita afeminado biencomido incapaz de soportar las brutales jornadas que él tenía que aguantar en la fábrica. Por ello no hubo en aquella casa ningún libro más que los que Merlot hijo guardaba entre sus cosas. Una noche, el viejo descubrió a Merlot sumergido en un libro a la luz de un candil y le preguntó qué era eso que leía. Merlot respondió sin pensar que aquella era la novela de un tipo llamado Chesterton y al terminar la frase notó millones de gusanos fríos corriendo de su nuca hasta sus tobillos. El miedo le cubrió entonces de una capa de sudor frío. Había guardado bajo el techo de su padre algo prohibido y sabía que eso le acarrearía consecuencias. Su padre, aparentemente tranquilo, se sentó al lado de su hijo y le echó su gigantesco brazo alrededor del cuello. “Hijo, eres libre de disfrutar con lo que te plazca”. Dijo con calma “…Pero prométeme que te volverás un hombre de verdad, un gran empresario y harás que tu viejo se sienta orgulloso”. Y fue entonces cuando, en parte por miedo, en parte por el respeto que le guardaba a aquel hombre, dio su palabra de que estudiaría para cumplir esa promesa. Pasaron tres años desde ese día y ahora Merlot esperaba a que pasaran siete atardeceres para poder tomar un tren que le llevaría lejos de allí, a un lugar donde aprendería entre maestros sabios y viejos y viejos y sabios libros cómo ser el hombre que prometió ser.

(Continuará…)