Sobre genios, musas y pelusas (III)

(Tirada extraordinaria)

Fue entonces, en ese momento más allá del tiempo, cuando Elisa tomó la palabra . Mirando al interior de cada una de esas erráticas formas que tomaban sus hermanas se pronunció con la lengua ancestral que había dado forma al habla conocida. Los melodiosos sonidos que emanaba se componían de dulces tintineos similares a las gotas de lluvia mansa repiqueteando sobre el agua, el crepitar de una hoguera, el galopar de los caballos salvajes, el sonido de la brisa acariciando la hierba, los golpes del mar al romper en las costas, el canto de las aves y así hasta pasar por todas y cada una de las armonías con las que la Madre Naturaleza se comunicaba. Entremezclaba sonidos estruendosos, como el crujido del cielo en una tormenta para mostrar la ira que le provocaba su injusta condena, con otros más plácidos, como el fluir de un río, en los momentos en los que explicaba alguna de las partes de su maquiavélico plan. No había muchas musas allí que supieran hablar la Primera Lengua, ya que su aprendizaje requería de años de experiencia, pero todas, por su naturaleza innata, podían entender lo que la vieja trataba de decirles.

En primera instancia necesitarían la fuerza de las musas curtidas por el desamor para abrir camino más allá de la prisión. Bien, eso no resultaba difícil, pero el plan se complicó cuando Elisa arrancó una hebra de luz de atardecer de su cabellera y susurró en ella un mensaje que alguna jovencita tendría que liberar lo más cerca que pudieran del corazón seco de Marlow. Las hebras de luz eran livianas si pertenecían a los amaneceres o la luz de pleno día pero cargar con un hilacho de atardecer o una porción de luz lunar argentina era algo de gran tesitura. No era cuestión de fuerza ni de dureza lo que regía el que una musa pudiera transportar o no dicho hilo ni tampoco dependía del tamaño o la edad de la misma haciendo esto que la tarea se tornase harto difícil. A decir verdad no había musa conocida por aquellas musas más allá de Elisa que se supiera capaz de cargar con un mensaje en una brizna tan pura sin perder ni un ápice de lo que en ella se hubiera escrito.

Una musa rechoncha y madura, conocedora de algunos términos de la Primera Lengua, hizo uso entonces del sonido del viento gélido de un bosque nevado para expresar su preocupación. ¿Cuál de ellas sería digna de llevar a cabo tamaña misión? Elisa no tardó en mirar a la multitud que se congregaba a los pies del monte y respondió con la calidez del sol reflejada en el rostro de un niño que perdía su mirada en la inmensidad del cielo mientras la hierba acariciaba su espalda. La musas no entendieron en primera instancia aquella respuesta pero las más duchas en la lógica no tardaron en descubrir la verdad tras aquel enigma y comenzaron a rodear a una joven musa púrpura que se había mantenido al margen de la afrenta. Cuando todas se percataron de quién había sido la elegida se sumaron al corro que se fue formando a su alrededor. Ella era una musa joven de procedencia desconocida de la cuál no se sabía mucho ya que no solía compartir los quehaceres de sus hermanas aprovechando el tiempo en intentando escrutar más allá de la bruma que las mantenía cautivas.

(CONTINUARÁ…)

Duende_del_polvo-hz

Anuncios

Sobre el demonio blanco.

Otra vez frente al demonio blanco. Me mira a través del vacío así como habituaba hacerlo esa mirada por la que tiempo atrás perdí la cabeza. Como una hoja en blanco, pura, frágil, liviana y aterradora fue arrastrada por el viento hacia mi vida. Ella era una flor olvidada entre las hojas de una novela que nunca se terminó de leer. El verso etéreo que escapó de la boca del poeta sin encontrar tinta que lo vistiese ni espacio donde recogerse obligado así a vagar como un recuerdo indefinido. Así fue como llegó la primera luz de la primavera, envuelta en misterio y fugacidad. Una tragedia escrita sobre lo eterno con lágrimas perladas trabajadas en la profundidad de un alma triste.

white_demon_by_myiu14-d336or5

En algún lugar dejamos los restos humeantes del drama que tuvo lugar entre visitas furtivas y no volvimos a saber de él. Una mecha de largos etcéteras que culminó en el centro de mis entrañas y que, al estallar, me dejó tendido en el suelo con la vista clavada en el cielo. Mientras, la densa masa negra que crecía en mi interior, alimentada por su mano, se extendía por la acera y corría calle abajo, uniéndome al fin a la realidad como si de un cordón umbilical se tratase. Así fue, como tenía que ser, la verdad llamó a mi puerta y, mientras Roma ardía, vino a mi destinada a tomar lo que cojones fuera mi inocencia, lo poco que deba de ella, y moldearla a placer hasta quebrarla volviendo así a arrastrarme frente al demonio blanco. El camino se hace largo, ¿sabes? Las noches tornan las habitaciones en tumbas donde la oscuridad alimenta las voces de las ánimas que me rodean. No hay refugio que me aleje de las sombras que crecen en los rincones más oscuros de la mente. No hay manera de borrar las cicatrices curadas con lágrimas y, a pesar de no ser más que huellas de otro tiempo, estas te devuelven al sendero que un día marcaste con tus pasos. No sirve el mirar al frente para quitar del camino lo andado. No sirve, no. Esa bestia forjó su reino en las tierras baldías donde fueron a morir los sueños, pudo haber dejado tiempo atrás de seguir mi sendero pero no por ello dejarán de existir los rastros que dejó cuando estaba al acecho.

Sobre genios, musas y pelusas. (II)

(A todos aquellos que puedan disculpar las posibles faltas ortográficas y gramaticales del texto)

Las musas, a la vista de esas promesas encontradas, decidieron hacerse con la libertad prometida dejando caer, como si de una bomba se tratase, una pregunta que Merlot no pudiera resistir ni resolver sin antes recurrir a la tinta, las musas y al papel. Aprovechando el paso por el recuerdo de una hermosa muchacha con la que Merlot mantuvo un primer romance inocente, soltaron con la ayuda de los últimos rayos de sol aquella cuestión que vencería al fin las barreras que las encerraban en su mente. Fue entonces cuando Merlot creyó preguntarse qué hacía, en verdad, a una mujer bella y qué llevaba al amor entre dicha mujer y un hombre a ser digno de unir dicha belleza, virginal , nívea y pura, con lo salvaje, voraz y desconocido. Merlot sabía que el vocabulario mundano no le sería suficiente para afrontar esas dudas pero tampoco le serviría de mucho usar cultismos o arcaísmos sacados de viejas novelas para este fin. No eran palabras lo que pedía esta respuesta aunque necesitara de ellas para tener forma. Requería pues de una belleza soberana alejada de la comprensión humana para ser justa, en su esencia, a la pregunta planteada. Como mismo usamos el léxico apropiado cuando hablamos de caza, de fontanería o de economía, ya que, de otra forma, caeríamos el la filosofía o en la retórica y nos alejaríamos del sentido verdadero de lo que hablamos; esta respuesta requería de la lengua de las lenguas, el lenguaje del arte, el alma y la vida, para poder estar a la altura y no pecar de banalidad o soberbia a la hora de tratar la belleza misma.

Merlot desconocía dicha lengua, al menos eso creía, y por más que escrutaba a través de la ventana no encontraba nada que le fuera útil en ese cometido por lo que pensó en que era mejor dejar de preguntarse tonterías. ¡Horror! Las musas veían como el fuego de la curiosidad se apagaba endureciendo los barrotes de la celda donde precariamente convivían. Si su afán de descubrimiento se hundía bajo el peso del conocimiento entonces sería su ruina. Muchas de ellas perecerían y las que sobrevivieran se verían sometidas a ser un deje de hermosura en trabajos, informes y epístolas. ¡Terror! Temblaban, si por temblar se entiende el correteo nervioso al que se entregaron dentro de su celda, y dejaban escapar quejidos de terror desgañitados de cuando en cuando. El pánico se extendía y corrían y corrían aún sabiendo que, de no detenerse y ser precavidas, se condenarían al terrible silencio que sobre ellas se cernía. Para entonces una de ellas, terriblemente vieja y, a su vez terriblemente bella, trepaba hasta el punto más alto de la consciencia.

Se contaba que ella había sido una de las primeras musas nacidas en el seno de la legendaria musa-araña, la musa primigenia que tejió la tela sobre la que se asienta ahora el universo. Aquella musa desvencijada no tenía nombre conocido, lo que llevaba a que todas las demás hablaran de ella usando los nombres de las obras que había inspirado y aunque no respondía a ninguno de ellos, el nombre de Elisa provocaba que se estremeciera con su simple mención. Todas esas musas jóvenes, las cuales no alcanzaban más de cinco siglos de edad, no sabían aún con certeza que Elisa conocía de primera mano el verdadero poder que se ocultaba dentro de cada una de ellas. Podían intuirlo pero no eran capaces de imaginar que una musa pudieran tomar forma humana para alentar una historia, cambiar el destino con una frase o, incluso, construir por ellas mismas auténticos mundos vastos e inexplorados así como lo hiciera la musa-araña. Las llenaba una inquietud infantil similar a la que sienten los niños la mañana de navidad al ver los regalos esparcidos por debajo del árbol. Elisa hablaría por fin después de tantos años de silencio y eso traería consigo un cambio brutal en todo lo que aquellas jovencitas conocían. Algunas, las más maduras, conocían ya esa sensación que mucho tenía que ver con el aire cargado de ozono y silencio que precedía a una tormenta. Aquel era el momento previo a una gran guerra. Una gran guerra en la que Elisa comandaría a todas esas mullidas esencias con el fin de conquistar y tomar el control de la mente de Merlot llenándola con la magia de las letras, provocando que los versos rebosaran de ella y que la belleza, la belleza más pura que constituía a todas esas pequeñas musas, corriera al fin por sus venas de forma tal que solo la tinta sería capaz aliviar por momentos tan demoledora sensación de libertad.

(Continuará…)

Duende_del_polvo-hz