Sobre los últimos días de una cruenta guerra (Segunda parte. La de llorar y ponerse romántico.)

A ver si consigo acabar esta historia de una vez…Nos quedamos en la anterior tirada con esa chica, el flan andante, esa a la que me iba a follar. Más por suerte que por desgracia, mis oscuras pretensiones con ella no llegaron hasta tal punto pero eso lo sabréis más adelante. Yo me empeñé en hablar con ella, en ganar su confianza mostrándome como el monstruo plástico en que me convertía en las noches de alcohol y pachangueo. Y no es que quiera echarme flores pero era bueno en eso de bajar bragas. Podía llevarme de calle a cualquier señorita que se me cruzara por el camino sin mucha dificultad (Sobretodo si habían bebido más que yo) y eso levantaba ampollas en el entorno masculino que me rodeaba. Todos estaban demasiado preocupados por machacarse sus miembros noche tras noche con la imagen de esa mujer ideal que fuera tanto diva del porno como adorable princesa de cuento mientras el resentimiento por no encontrar una mujer así les carcomía por dentro alejándoles de una realidad más dulce y relajada. Y aquí he de romper una lanza a favor de las féminas que lean esto. Los hombres critican desde el desconocimiento a las mujeres por perseguir el ideal del príncipe azul mientras que muchos siguen aún detrás de la imagen de una mujer perfecta, experta en las artes sexuales, sumisa y entregada a los deseos de su macho alfa (Como si fueran Clark Gable en pos de una Escarlata O’Hara fiel y ninfómana del siglo XXI).

El caso es que, en este punto de la historia, mis intenciones con la muchacha de matemáticas (de la que me ahorraré poner el nombre y ciertos detalles para conservar su privacidad)  se habían hecho públicas y ya corría el rumor de que la rompería el corazón como a las demás. Eran voces ignorantes porque aquel que me conozca bien, y de esos hay pocos, sabrá bien que corazones he roto pocos y siempre he cuidado de la gente que estuviera a mi lado. Ella, que no es para nada tonta, ya se olía el percal antes de que se comenzara a hablar de mi por su facultad y procuró distanciarse de mi. Así pasaron los días y llegó una fiesta en las que mis instintos de depredador hicieron estragos. Eso me alejó aun más de ella y ella se alejó de la mano de un chaval con el que iba al gimnasio. Pasó el tiempo, no demasiado, y seguimos hablando y viéndonos en su facultad. Una noche la casualidad me cogió desprevenido y ella me destripó vía online. No recuerdo cuales fueran sus palabras pero me dejó claro, sin conocerme en profundidad, que yo era un tipo frío y superficial pero que eso no era más que la máscara que ocultaba a un niño triste y solitario que no había sabido crecer. Y acertó. En ese momento no quería nada más que darla un abrazo, fundirme en un beso, descubrir quien era la mujer que me había destripado con tanta facilidad. Sólo pude responder que era difícil comprender como mi vida había llegado a ese punto y como me había sumergido en la soledad social en la que vivía. Entonces Michael Caine vino a mi mente como un ángel guardián. Alfie, Caine en sus años mozos interpretando el papelón de seductor solitario,  esa era la clave, ese era el sentimiento, la forma de que ella viera más allá de mi coraza y descubriera lo que pasaba por mi cabeza; así que lancé un órdago de campeonato (Uno de la vieja escuela) y la dije de venir a verla a mi casa un día y así me sinceraba. Pensaba hacerlo, de verdad, y lo hice.

Ella accedió de una forma inocente y completamente ajena al hecho de que se estaba metiendo en las fauces del lobo. Y pasó lo que tenía que pasar de una forma en la que no me esperaba que pasara. En ese puente de Mayo nos sentamos en mi cama, vimos correr las escenas, una par de lágrimas silenciosas corrieron por mi mejilla izquierda ( El izquierdo es mi ojo de llorar), lancé unas cuantas tentativas sexuales absurdas ( ¿Te acuerdas? ” Qué uñas más bonitas tienes, ¿te haces la manicura? Sí, eso me había servido para ligarme a alguna antes de ella), cuando vi que el tiempo se me acababa me tire en plancha hacia un beso desesperado. Entonces sucedió. Semanas antes había sido el flan andante, la chica a la que me iba a follar, pero en ese momento todo cambió y pasó a ser una musa a la que me entregaba y a la que, entre lágrimas de liberación, hice el amor.

Y el tiempo se sucedió a partir de ahí de una forma descontrolada e imprevista. No nos pedimos salir ni caímos en formalidades pero seguimos ahí, al pie del cañón, con el pecho abierto por las heridas del tiempo caminando juntos en un sendero que pensábamos que nunca llegaríamos a ver. (Se me agua el ojo izquierdo, soy un llorón). Ella, mi musa, en una noche de confesiones desnudas, limpió las lágrimas que sangraba mi alma me miró a los ojos y me habló acariciando mi corazón. No estas solo, me dijo, aquí estoy yo y pienso cuidar de ese ser maravilloso que eres para que cumplas todo aquello que te propongas. Y sin palabras se juró que estaría allí durante las tormentas de primavera, los soles ardientes del verano, las brisas de otoño y los gélidos vientos del invierno. Confió en mí y yo no la decepcioné. Pasaron dos años hasta que conseguí superar el primer escalón y ella aún sigue aquí, a mi lado, mi musa, a la espera de que siga ascendiendo. Pero esa historia será contada en la siguiente ocasión, he vuelto a excederme y, hablando con sinceridad, escribir mientras se llora de felicidad es algo que conlleva mucha habilidad.

Espero vuestros comentarios y críticas mordaces en lo que sale la siguiente tirada.
¡Un saludo!

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2 comentarios en “Sobre los últimos días de una cruenta guerra (Segunda parte. La de llorar y ponerse romántico.)

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