Sobre los últimos días de una cruenta guerra. (Cuarta parte. Sobre una máquina de escribir.)

Bueno, ya iba siendo hora de que siguiera con esta historia. Sobretodo ahora que estas páginas manchadas de tinta y vómito han alcanzado dos mil visitas, cincuenta seguidores en facebook y casi cincuenta comentarios – A parte de la nominación a Blog literario 2013 con la que tanto os he espameado últimamente.-. Pero no estoy aquí para hablar de eso. He venido a contaros mi vida, un trocito más de mi historia. Llevo días planteándome como tratar este año ya  que ha sido largo, intenso y un montón de situaciones, personas y momentos se mezclan y no me quedan muy claras las fechas en las que tuvieron lugar los hechos. He intentado organizarlo (Lo prometo.) pero sólo he conseguido enredar más aún todos los recuerdos. Así que empezaré por algo que me marcó y que cambió mi forma de entender la vida pero antes quiero presentaros a un tipo. No sé si os acordaréis de él. Vestía pantalones carger, una camiseta de Metallica (La del Ride The Ligthning) y deportivas negras. Sí, ese. Él que estudiaba en la facultad de matemáticas y por el que conocí a mi flan andante.

Ese tipo es Wasowsky. No porque se llame así, eso sería un atentado contra su posible descendencia. Posible y no futura porque bastante hace él por su propia cuenta para minar sus posibilidades de legar su material genético. Le llamo así por una razón simple, porque le jode. No creo que lea esto nunca y, si lo hace, no tendrá valor para reprocharme lo que estoy haciendo así que las repercusiones por su parte me preocupan poco.  Wasowsky vivía bien, en un chalet adosado con piscina en las afueras, unos padres geniales y benefactores que se dedicaban a recorrer el globo mientras mantenían a su pequeño entre algodones, una familia excéntrica y maravillosa, y disfrutando de comodidades y lujos de todo tipo. Pero eso no hacía de él una mejor persona. Tampoco una mala. Solo una de esas personas que no saben como enfocar su vida y de cuando en cuando se dejan llevar por banalidades. Le conocí un día en el que corría delante de unos policías con una mochila cargada de sustancias ilegales. Teníamos 16 años. Le conocía de vista (Como vosotros.) y me lo encontré al girar una esquina. Cogió la mochila sin hacer preguntas y se marchó hacia otro lado sin preguntar ni pedir nada a cambio. Esa fue la casualidad que hizo que nos juntaramos y, a pesar de la distancia, siempre estaré en deuda con él por lo que hizo aquella tarde.

Aquí es donde empieza lo  que os quería contar.
Corría el mes de Noviembre y Wasowsky había ofrecido su casa para una borrachera casual. Nada del otro mundo. Los mismos cuatro gatos y el mismo par de tetas (Inmensas.) de esa amiga de la infancia de nuestro anfritrión que solía acompañarnos en las borracheras. A ella la conocí a los pocos meses de conocer a Wasowsky, la desnudé al segundo día de conocerla, la dejé pasar por otra mujer, me gané su desprecio, nos distanciamos, volvimos a encontrarnos y, entonces, decidimos odiarnos en silencio. No hay mucho más que decir.  Noviembre. Bebíamos tirados en un suelo de gres mientras unos altavoces escupían metal. Anodino. Risas alcohólicas, conversaciones provocativas, historias absurdas, mentiras y tabaco. Suena un teléfono. Mi teléfono. Faltan dos días para mi cumpleaños. ¿Quien coño puede ser? Mi padre. Salgo al jardín y enciendo un cigarro. Cojo el teléfono. Se oyen risas desde dentro.  “Dime, papá…” Habla. Silencio. Hablo. No sé ni lo que digo pero hablo. Le mando un abrazo. Doy una calada. Se despide y me pide que no fume y que no ande bebiendo. “Sí…” , contesto. Cuelgo. Rompo a llorar. Calada. Trago de cerveza. Risas dentro. Una lágrima se desliza por mi rostro y cae al suelo. Me llaman desde la fiesta a voces. No contesto, calada. Miro al infinito. Otra lágrima se desliza en silencio. Nube de humo. Trago de cerveza. Calada. Toso. Alguien sale de dentro.

“Alex…” Una luz me da en la cara y me descubren allí, sobre el sofá de mimbre. Roto. Yo, no el asiento. Trato de hacerme el duro pero solo me sale una mueca extraña. Como esas que pones cuando te dan una buena patada en los huevos. Bebo, soy un tipo duro, coño, aún llorando tengo que serlo. “¿Que te pasa?”, me pregunta una voz de mujer. A contraluz y con los ojos encharcados aún puedo ver sus tetas Pero las tetas no pueden salvarte cuando estas cubierto de mierda. Necesito a mi flan andante, a mi musa, a mi shangri-la en esta realidad obscena. No un par de tetas. “Alex, ¿que te pasa? ¿Estas bien?”.

” Mi abuelo ha muerto”. Calada, volutas de humo, trago de cerveza. “Joder…”, es lo único que puede decir, “Menuda mierda…” Necesitaba más cerveza. Había exprimido la lata como un marinero exprime el culo de un grumete. Con violencia. Condolencias, abrazos, y demás farsas para tratar de cerrar con arcoiris una brecha por la que mi cerebro se derrama hacia la tierra. La llamaron, a ella, a mi musa. Bebí y acabé borracho. No por el alcohol. Estaba borracho de tristeza. Tanto que me parece recordar que aquella noche estuve durmiendo entre sus brazos mientras su silencio y sus caricias me aliviaban convirtiéndome en presa del sueño. Me confesé entre espasmos. Confesé mi miedo a la muerte, mi terror pavoroso a la vida, el asco que me producía la gente y las promesas rotas que ese viejo se iba a llevar a la tumba. Murió sin verme entrar en la universidad y también sin verme alcanzar ningún éxito. Me hubiera gustado poder cogerle la mano ese día pedirle perdón por haberme distanciado de la familia y haberle confesado el infierno que había sido mi vida desde que decidí luchar por el sueño de llegar a ser escritor. Me hubiera gustado contarle que estaba feliz a pesar de estar herido y que era la sangre que había vertido en el camino se había convertido en la tinta de mis mejores cuentos y poemas. Pero no fue así. Él marcho y los ocho mil kilómetros de distancia que nos separaban hicieron imposible la despedida.

Mierda, esto me ha echo disparar una lágrima.
Tendré que encenderme un cigarro y sacar una cerveza de la nevera.
Bueno, ahí quedó esa noche pero no la historia. Mi musa me sacó a pasear por Malasaña al día siguiente. Quería que me diera el aire y ella sabe que perderme por esas calles me gusta mas que a un tonto jugar con una mierda. Vagamos. Comimos algún dulce, cayó alguna lata, me desahogué mientras caminaba y la noche se nos tiró encima. Tocaba irse a casa. Daban las diez y media y hacía un frío de cojones. Bajamos hacia San Bernardo por una callejuela donde parecía quedar una tienda abierta. Un mercadillo benéfico de trastos que recaudaba fondo para una iglesia. Menudo fin de fiesta. Me sentí como uno de esos tipos  que compran trasteros en Estados Unidos o como Rick, el de Pawn Stars, en su casa de empeños. Hurgué en las montañas de reliquias como si fuera un aventurero y descubrí un oso de peluche americano de los años 80. Era perfecto como regalo para mi hermana y, por cinco euros, una auténtica ganga. Entonces la vi. Allí, sepultada entre un montón de chatarra. Una preciosidad de metal desgastada. Me llamaba. La liberé de su cárcel y la tomé en mis manos. Olympia Traveller de Luxe, rezaba su carcasa. Las teclas perfectas, el mecanismo intacto. Me dejaron probarla. Entonces le sentí. A él, al viejo, con la mano puesta en mi hombro y sonriendo a mi lado. Me llegó el olor de su perfume especiado y del talco sobre su piel avejentada mientras una brisa, como un susurro, recorría mis oídos. Animándome a seguir vivo. A seguir escribiendo y a no rendirme en mitad de la batalla. Estuviera donde estuviera mi abuelo, vino a despedirse el día de mi cumpleaños y a decirme sin palabras que siguiera peleando por mi sueño, que él confiaba en mi aunque su carne ahora fuera polvo gris en una vasija niquelada.

La maquina perteneció un poeta que nunca llegó a nada. Ese día estaba allí y me vio sosteniendo el instrumento como si me fuera la vida en ello. Se acercó y me confesó en secreto que a él esa máquina de escribir no le había dado nada pero que sentía que yo tenía que llevármela. Ahora descansa a mi lado.  Una Olympia vieja, celosa y caprichosa que escribe cuando le da la gana y que es capaz de encajarse cuando se siente poco querida o despreciada. Decidí llamarla Molly porque es indudable que es una mujer. De vez en cuando me acompaña  cuando me da por escupir algún poema de esos que salen de las entrañas y siempre suele avisar al viejo para que se siente a mi lado y vea como se forja en tinta el sueño de un hombre que decidió, muy de niño, servir a las palabras.

Últimamente se te echa de menos, viejo…

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