Sobre despedidas y amaneceres.

Mierda

Por toda la habitación se expandía el aroma intenso y vívido del sexo mezclándose con el humo rancio de un cigarro olvidado. Ella se aferraba a mí, rogándome una propina que mi cuerpo no podía permitirse. Quería que la quisieran, ser única y eterna formando parte del aliento, la mente y el corazón del hombre que la había llevado al cielo repetidas veces durante esa misma noche. Mientras, lo único que ansiaba era una copa.

Sus ojitos tristones y brillantes recorrían mi rostro buscando el dorado rastro de felicidad y tristeza que deja el amor a su paso. No nos volveríamos a ver. Meses y meses profanando mi sacro santa cama pasarían a formar parte del recuerdo y, sin poder remediarlo, esos recuerdos también la absorberían a ella. Pero eso era algo que nunca sabría. En los posteriores semanas mi teléfono sonó con fuerza varias veces al día iluminando su nombre en la pantalla, cosa que fue reduciéndose con el paso de los meses. Más de una vez se presentó en mi puerta con vino y comida, llorando y pidiendo clemencia por sus malos actos. No se olvidaría de mí, eso lo sabía con certeza; me odiaría, eso es algo en lo que sí tengo plena confianza y pasados los años, cuando pariera a los vástagos de algún insulso Don Nadie, recordaría el tiempo que paso siendo una princesa desnuda en un reino de sábanas blancas.

Ella fue lo que siempre quiso ser, sintió la brisa secando las brillantes gotas de sudor que descansaban sobre su cuerpo extasiado, sonrió abrazada al alba, brilló con la fuerza del primer rayo de luz de un amanecer despejado, voló a la altura de sus sueños, quiso con la fuerza rabiosa y cargada de deseo de aquel que quiere sin esperar nada a cambio, lloró cálidas lágrimas de felicidad mientras vibraba de placer más cometió un tierno, tierno y dulce error. Despertó de mi interior un recuerdo, el olor de otro cuerpo, el roce de otras manos, el reflejo del sol en otro cabello, otra sonrisa, otros labios, otra mujer. Se tornó por un instante en esa musa muerta que enterré tiempo atrás con mis propias manos, devolviéndome el cielo que guardaba en su mirada, el fuego que ardía en sus venas, el jardín de rosas muertas que crecía en su alma. La sombra que había sepultado en whisky y vaginas renació furiosa, poderosa, recordándome el aroma de la muerte en vida, el ácido de las lágrimas cavando surcos a su paso. Ella me hacia el amor, yo moría mientras tanto.

Vibró, vibré. Ella, húmeda y valiente cabalgaba sobre mí. Yo, erecto y aterrado, veía que los segundos huían del reloj dando paso a un tiempo que robaba descaradamente cada rastro de paz que se esparcia por mi cama. Ella reía, yo moría. Ella era la princesa de su reino de fantasía, yo, un espectro que luchaba por aferrarse a la vida. Pensaba, se pondrá su lencería barata, vestirá su desnudez con esa coraza de mentiras y saldrá al mundo con una sonrisa. Pensaba, mientras el cigarro se consumía, cruzará esa puerta y tomará un camino que la alejará de mi vida. Ansiaba, ansiaba verla triunfar. Ansiaba, ansiaba verla hundirse en la multitud. Quería, quería que dejara de reír. Quería, quería que la noche me atrapara. Buscaba, buscaba una respuesta. Buscaba, buscaba un sueño.

Ahora sales de mi cama, sales de mi cuarto, sales de mi casa, sales de mi alma y a cada paso que das se abre una brecha a tus espaldas y en esa brecha, nada. No podrás apartar la mirada de un sueño y la mentira se disolverá en tus esperanzas. Ahora sales de mi cama, sales de mi cuarto, sales de mi casa, sales de mi alma y cada paso que das se abre una brecha a tus espaldas y en ella se hundirá la imagen del príncipe azul que ansiabas. Ahora fumo dejando que el humo disuelva mi mascara sabiendo que nunca olvidarás el tiempo que sentiste en cada fibra de tu cuerpo una fuerza mágica. Sonrío a través del humo que dejo atrás mientras me abro paso hacia la nada, a la espera de otra dama que quiera conquistar los vastos terrenos de mi cama. NO pienses en mí, solo sonríe, recuerda, ansía, quiere , así como lo hiciste mientras te hundías en la nada.

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