Sobre la mañana que no fue y es

No se por donde acometer esta historia.

Ni se siquiera si esta es, en si misma, una historia o tan solo un conjunto de frases inconexas nacidas de una mente rota sembrada de absurdos. Podrían ser, tal vez,  ese puñado de verdades necesarias que, sin decir nada, son capaces de susurrar con armonía en nuestras almas. O tal vez no sea mas que un viento imperioso y descontrolado que arremete contra las velas de unos barcos varados. No lo sé. Puede que este todo haya surgido en mi cabeza y se haya dispuesto a nacer para ser nada. Quién sabe, puede que sea el último alegato que pronuncien mis entrañas.

En una mañana como otra cualquiera, con sus nubes o sin ellas, con su cielo o sin el, con su sol o con sus inclemencias, despierto sabiendo que lo que veo por mis ojos no es lo mismo que vi ayer pero que, a su vez, es todo lo que he visto y veré. Los años han añadido definiciones y características, sentimientos y emociones, verdades y ensoñaciones sobre todo lo que me rodea pero sé que no son más que juegos de una imaginación que trata de encontrar una vía de escape más allá de la vulgar rutina a la que se ve sometida. Una imaginación que, buscando una forma de huir, se encontró una mañana encerrada en la misma mañana que había estado presenciado a lo largo de toda una vida. Ya no tenía nada que decir del sol, todo había sido dicho, y poco o nada podía añadir al sentido de las nubes. La hierba y la tierra podían ser diferentes incluso, a veces, en algunas mañanas; hierba y tierra desaparecían y su lugar quedaba ocupado por el mar. Un mar que  se encontraba tímidamente en el mismo horizonte de cada mañana con el mismo cielo que me había cansado de disfrazar.

Y cada mañana igual. El cielo era cielo, el mar, mar, la tierra era tierra y la hierba, hierba sin más. Las nubes siempre eran formas que jugueteaban sobre el fundo azul al azar pero, por mucho que variara su aspecto, no eran más que simple masas de gas. Podía una mañana ser peculiar por aparecer con un manto de lluvia, nieve, granizo o una niebla densa y singular pero esto se repetía cada cierto tiempo y todas con mayor o menor asiduidad. Todo era lo mismo desde que empezó a ser y raro sería que todo ello dejara de un día para otro de ser.

En la mesa el café era café y el té, té. Alternándose una mañana tras otra compartían mesa, una simple mesa igual que todas pero tal vez con los mismos distintos pies, con tostadas untadas de mermelada, mantequilla o miel que se mostraban orgullosas de ser vulgares panes tostados y ennegrecidos cubiertos por diversos disfraces tan anodinos como ellos. Sabores y texturas limitadas mezcladas en un paladar entendido que ganó su conocimiento y sabiduría al comprender que lo diferente es una mentira que nos afanamos en creer. Paladar de tanta maestría como los oídos del comensal que, cansados de escuchar cada mañana la misma sarta de mentiras y manidas situaciones, optaron por dejar de servir como fuente de información y se limitaron a oír olvidándose de comprender lo podían percibir de la realidad. Acompañaba a estos una vista también cansada que gustaba más de las horas de sueño que del despertar y que, harta de tener ante sí, día tras día, el mismo baile anodino por la misma, aunque a veces distinta sin dejar de ser igual, maldita ciudad. Y faltando por hablar de olfato y tacto, de los que mucho no se puede decir ya que compartían opinión con sus compañeros de profesión, diré de ellos que creían saber en su soberbia sobriedad que no podía haber nada, por diferente que fuera, que tuviera algo distinto a aquello que hubieran podido olfatear o tocar en este anodino mundo que les solía rodear.

Así pues amanecí en la misma mañana del mismo día de todos los días de mi vida para descubrir que, como siempre había sido y siempre sería, mis sentidos habían dejado de jugar a sus respectivos juegos, renegando de sus principales tareas y obligando a mi persona, la que siempre es, ha sido y será; a dejar de ser, como hice desde un principio, y anular como cada día la imaginación que, aún despierta, dormía dentro de mí. Todo para vivir de nuevo la misma vida que, anodina y vulgar, se extiende en su simple, eterna e inocua maravilla frente a todo lo que fui.

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Un comentario en “Sobre la mañana que no fue y es

  1. De vez en cuando viene bien una mañana así, tan llena de matices, tan llena de pensamientos inspiradores, una de esas mañanas en que te sientes ligero y todo es intenso a la vez.
    Y te fijas en cosas que hacía tiempo que no te fijabas. Y el tiempo parece detenerse y llenarse de paz. Hasta el desayuno sabe distinto y el aire huele diferente.

    [estoy segura de que no es casualidad; las tostadas y el té se dan cuenta de que es una ocasión especial y hacen que todo sepa mucho mejor ;)]

    Tal vez nuestras rutinarias vidas no nos dejen ver lo bellas y mágicas que son las mañanas. Y quizás sea mejor así pues cuando se cuela una mañana ‘diferente’ donde las prisas no importan, todo parece distinto y por un momento uno se siente fuera de lugar.

    Leer tu mañana me ha recordado a la canción Life’s Strange de T-Rex.
    Tal vez porque formó parte de una de esas mañanas que nunca fueron y que me salvaron la vida.

    Como siempre, un placer leer tus palabras.

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