Sobre el demonio blanco.

Otra vez frente al demonio blanco. Me mira a través del vacío así como habituaba hacerlo esa mirada por la que tiempo atrás perdí la cabeza. Como una hoja en blanco, pura, frágil, liviana y aterradora fue arrastrada por el viento hacia mi vida. Ella era una flor olvidada entre las hojas de una novela que nunca se terminó de leer. El verso etéreo que escapó de la boca del poeta sin encontrar tinta que lo vistiese ni espacio donde recogerse obligado así a vagar como un recuerdo indefinido. Así fue como llegó la primera luz de la primavera, envuelta en misterio y fugacidad. Una tragedia escrita sobre lo eterno con lágrimas perladas trabajadas en la profundidad de un alma triste.

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En algún lugar dejamos los restos humeantes del drama que tuvo lugar entre visitas furtivas y no volvimos a saber de él. Una mecha de largos etcéteras que culminó en el centro de mis entrañas y que, al estallar, me dejó tendido en el suelo con la vista clavada en el cielo. Mientras, la densa masa negra que crecía en mi interior, alimentada por su mano, se extendía por la acera y corría calle abajo, uniéndome al fin a la realidad como si de un cordón umbilical se tratase. Así fue, como tenía que ser, la verdad llamó a mi puerta y, mientras Roma ardía, vino a mi destinada a tomar lo que cojones fuera mi inocencia, lo poco que deba de ella, y moldearla a placer hasta quebrarla volviendo así a arrastrarme frente al demonio blanco. El camino se hace largo, ¿sabes? Las noches tornan las habitaciones en tumbas donde la oscuridad alimenta las voces de las ánimas que me rodean. No hay refugio que me aleje de las sombras que crecen en los rincones más oscuros de la mente. No hay manera de borrar las cicatrices curadas con lágrimas y, a pesar de no ser más que huellas de otro tiempo, estas te devuelven al sendero que un día marcaste con tus pasos. No sirve el mirar al frente para quitar del camino lo andado. No sirve, no. Esa bestia forjó su reino en las tierras baldías donde fueron a morir los sueños, pudo haber dejado tiempo atrás de seguir mi sendero pero no por ello dejarán de existir los rastros que dejó cuando estaba al acecho.

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