Sobre genios, musas y pelusas. (II)

(A todos aquellos que puedan disculpar las posibles faltas ortográficas y gramaticales del texto)

Las musas, a la vista de esas promesas encontradas, decidieron hacerse con la libertad prometida dejando caer, como si de una bomba se tratase, una pregunta que Merlot no pudiera resistir ni resolver sin antes recurrir a la tinta, las musas y al papel. Aprovechando el paso por el recuerdo de una hermosa muchacha con la que Merlot mantuvo un primer romance inocente, soltaron con la ayuda de los últimos rayos de sol aquella cuestión que vencería al fin las barreras que las encerraban en su mente. Fue entonces cuando Merlot creyó preguntarse qué hacía, en verdad, a una mujer bella y qué llevaba al amor entre dicha mujer y un hombre a ser digno de unir dicha belleza, virginal , nívea y pura, con lo salvaje, voraz y desconocido. Merlot sabía que el vocabulario mundano no le sería suficiente para afrontar esas dudas pero tampoco le serviría de mucho usar cultismos o arcaísmos sacados de viejas novelas para este fin. No eran palabras lo que pedía esta respuesta aunque necesitara de ellas para tener forma. Requería pues de una belleza soberana alejada de la comprensión humana para ser justa, en su esencia, a la pregunta planteada. Como mismo usamos el léxico apropiado cuando hablamos de caza, de fontanería o de economía, ya que, de otra forma, caeríamos el la filosofía o en la retórica y nos alejaríamos del sentido verdadero de lo que hablamos; esta respuesta requería de la lengua de las lenguas, el lenguaje del arte, el alma y la vida, para poder estar a la altura y no pecar de banalidad o soberbia a la hora de tratar la belleza misma.

Merlot desconocía dicha lengua, al menos eso creía, y por más que escrutaba a través de la ventana no encontraba nada que le fuera útil en ese cometido por lo que pensó en que era mejor dejar de preguntarse tonterías. ¡Horror! Las musas veían como el fuego de la curiosidad se apagaba endureciendo los barrotes de la celda donde precariamente convivían. Si su afán de descubrimiento se hundía bajo el peso del conocimiento entonces sería su ruina. Muchas de ellas perecerían y las que sobrevivieran se verían sometidas a ser un deje de hermosura en trabajos, informes y epístolas. ¡Terror! Temblaban, si por temblar se entiende el correteo nervioso al que se entregaron dentro de su celda, y dejaban escapar quejidos de terror desgañitados de cuando en cuando. El pánico se extendía y corrían y corrían aún sabiendo que, de no detenerse y ser precavidas, se condenarían al terrible silencio que sobre ellas se cernía. Para entonces una de ellas, terriblemente vieja y, a su vez terriblemente bella, trepaba hasta el punto más alto de la consciencia.

Se contaba que ella había sido una de las primeras musas nacidas en el seno de la legendaria musa-araña, la musa primigenia que tejió la tela sobre la que se asienta ahora el universo. Aquella musa desvencijada no tenía nombre conocido, lo que llevaba a que todas las demás hablaran de ella usando los nombres de las obras que había inspirado y aunque no respondía a ninguno de ellos, el nombre de Elisa provocaba que se estremeciera con su simple mención. Todas esas musas jóvenes, las cuales no alcanzaban más de cinco siglos de edad, no sabían aún con certeza que Elisa conocía de primera mano el verdadero poder que se ocultaba dentro de cada una de ellas. Podían intuirlo pero no eran capaces de imaginar que una musa pudieran tomar forma humana para alentar una historia, cambiar el destino con una frase o, incluso, construir por ellas mismas auténticos mundos vastos e inexplorados así como lo hiciera la musa-araña. Las llenaba una inquietud infantil similar a la que sienten los niños la mañana de navidad al ver los regalos esparcidos por debajo del árbol. Elisa hablaría por fin después de tantos años de silencio y eso traería consigo un cambio brutal en todo lo que aquellas jovencitas conocían. Algunas, las más maduras, conocían ya esa sensación que mucho tenía que ver con el aire cargado de ozono y silencio que precedía a una tormenta. Aquel era el momento previo a una gran guerra. Una gran guerra en la que Elisa comandaría a todas esas mullidas esencias con el fin de conquistar y tomar el control de la mente de Merlot llenándola con la magia de las letras, provocando que los versos rebosaran de ella y que la belleza, la belleza más pura que constituía a todas esas pequeñas musas, corriera al fin por sus venas de forma tal que solo la tinta sería capaz aliviar por momentos tan demoledora sensación de libertad.

(Continuará…)

Duende_del_polvo-hz

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