Sobre lo que no se dice.

Pasan dos o tres días de aquella noche. Mi pareja y yo os recogimos en el que piso en el que vive por un puñado de euros al mes una amiga en común. Tomamos juntos una cerveza y no tardé en empezar a divagar a partir de una reciente discusión que mantuve con otro escritor sobre la calidad de mis textos. (Sí, la que tuve contigo.). Ahorrando las conclusiones sobre ciertos artistas que surgieron a partir de la sangre, el fuego y la rabia que prima en la cruenta batalla por abandonar el anonimato; pusimos nuestras almas sobre talas tablas. Nuestras obras  se están pudriendo sin remedio en cajas, cajones, estantes y archivos y, aunque no osamos mentar lo que esto produce en nuestro interior, se podía traducir por el agotamiento que se reflejaba en nuestras caras y por las miradas que se perdían en el infinito que la lucha por aquello que amamos se estaba volviendo demasiado pesada. No dejábamos que, a lo largo de la conversación, el silencio tomara la sala. Ya es bastante silencio el que soportamos cuando, en soledad, vemos como pedacitos de nuestras almas son pasto del polvo en un rincón de la habitación. Las lágrimas estaban a flor de piel pero las musas cuidaban de que no amargaramos la dulzura de esa cerveza y continuamos así hablando hasta que dio la hora de marcharnos.

No dejo de ver caras, escuchar historias y tragar realidades cubiertas con un manto de anhelos, aceptando, como si de jarabe amargo se tratase, cucharadas de brutal realidad. En un mundo donde la libertad esta reservada a los grandes mecenas y a sus protegidos, los pequeños placeres (una buena charla, una copa algo de música o una imagen bella) no son para nosotros, artistas curtidos en un abismo hirviente de pretensiones, falsedades y mentiras; más que una bocanada de aire (¡Bendita bocanada de aire!) que nos recuerda que somos voces dormidas que claman en silencio por esa libertad prometida por los hados. Soldados dolientes en la cruda batalla contra el tiempo, peregrinos en el camino hacia la eternidad.

Pensé, volviendo a casa después de aquella reunión improvisada, en qué hubiera sido de mí, con ocho dulces añitos, cuando opté por escribir un puñado de versos para aliviar el dolor que me había llevado a pensar en la muerte; si alguien me hubiera contado la crudeza del camino que me esperaba. Me gustaría saber que hubiera pasado con este que os escribe de haber escuchado una voz que le alejara del sueño de cambiar el mundo mediante lo que escribe. Aquel momento en que me prometí crear belleza a partir de mi tristeza esta lacrado con sangre seca y sepultado en las arenas del tiempo aunque sus ecos  llegan aún con fuerza a mis oídos. No puedo saber a ciencia cierta que me llevó a tomar esa decisión pero recuerdo que la gloria que me prometía el destino de haber servido a lo impuesto se quedaba corta ante el brillo de todo lo que podía ser capaz de construir más allá de las normas. Aún habiendo visto el largo camino que me ha llevado a escribir esta noche para vosotros, un camino de espinas sembrado de imágenes oscuras, nada hubiera impedido entregarme a los logros que he alcanzado, y alcanzaré, con estas manos. Tomé una decisión de la que no me arrepiento y no cejaré en mi empeño de cambiar el mundo con mis palabras y poder morir algún día sabiendo que serví como voz del silencio.

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