Sobre genios, musas y pelusas. (I)

(Para todos los que habéis sido presas del arte.)      

En aquel momento de su vida la verdad se mostró ante él con una brutalidad sincera. Sus ojos se perdían entonces por la vista de aquella ciudad que nunca fue suya, a través de una de las ventanas de esa casa que nunca había sido su hogar. Con la vista perdida en el el atardecer, Allan Merlot repasaba los segundos que sumaban cada instante de su vida reflexionando a su vez sobre todos los instantes que formarían los segundos que le separaban de la muerte. En su paseo por la memoria fue dejando atrás toda creencia adquirida por la experiencia, avanzando mediante el olvido hasta el primer momento en que la carne que le conformaba adquirió consciencia de la vida. Con sus defensas relajadas ante el calor maternal de las imágenes de su infancia, Merlot se había convertido en presa fácil para las voraces musas a las que llevaba alimentando en secreto durante años. Y ellas no serían compasivas con aquel que las engordaba con novelas, cuentos, historias, leyendas y poemas en la clandestinidad de la noche para encerrarlas cuando la vela exhalaba su último suspiro en las estrechas cavidades de su mente. Merlot las apaciguaba con promesas de que algún día, lejos del hogar que le reprimía, las vestiría con la más hermosa de las tintas y las dejaría correr con libertad por el papel. Pero Merlot compartía a su vez otra promesa con el hombre del que salió la simiente que fecundó el germen de su vida. Porque Merlot no tenía padre, al menos no un padre como el que acostumbran a tener todas las familias, lo que le llevaba a ver a su figura paterna como un simple complice de su vida.

 

Demasiado cansado, demasiado borracho y con demasiadas heridas, pensaba Merlot de él cuando la imagen de su progenitor le sorprendía. No podía negar que guardaba en secreto cierta gratitud hacia esa figura por haber trabajado durante años por la familia, habiendo restado vino de su saliva para que su hijo tuviera casa, educación y comida, y nunca haber golpeado a su esposa con suficiente fuerza como para arrancarla la sonrisa. No era un buen tipo y nunca lo sería pero tuvo valor para enfrentarse a si mismo por su familia. Eso era una verdad consabida. Recordaba cuando el viejo Merlot se le acercaba al acabarse el dinero para bebida y aprovechaba la sobriedad para sacar a relucir con tosquedad el amor que sentía. Apestando a sudor, cerveza rancia y tabaco se acercaba a la mesa del comedor donde solía estudiar y le daba unos golpecitos cariñosos en la cabeza diciéndole “Hijo, tu harás que los Merlot nos podamos sentir orgullosos de nuestro apellido.” y cosas por el estilo. Después marchaba a la cocina en busca de una cerveza y desaparecía. Nunca quiso que el joven Merlot pasara hambre y le motivó para que sus estudios hicieran de él un importante hombre de negocios. Su rudeza y el peso de la miseria que hundía sus hombros le llevaban a despreciar cualquier expresión artística tomando a todo artista por un mariquita afeminado biencomido incapaz de soportar las brutales jornadas que él tenía que aguantar en la fábrica. Por ello no hubo en aquella casa ningún libro más que los que Merlot hijo guardaba entre sus cosas. Una noche, el viejo descubrió a Merlot sumergido en un libro a la luz de un candil y le preguntó qué era eso que leía. Merlot respondió sin pensar que aquella era la novela de un tipo llamado Chesterton y al terminar la frase notó millones de gusanos fríos corriendo de su nuca hasta sus tobillos. El miedo le cubrió entonces de una capa de sudor frío. Había guardado bajo el techo de su padre algo prohibido y sabía que eso le acarrearía consecuencias. Su padre, aparentemente tranquilo, se sentó al lado de su hijo y le echó su gigantesco brazo alrededor del cuello. “Hijo, eres libre de disfrutar con lo que te plazca”. Dijo con calma “…Pero prométeme que te volverás un hombre de verdad, un gran empresario y harás que tu viejo se sienta orgulloso”. Y fue entonces cuando, en parte por miedo, en parte por el respeto que le guardaba a aquel hombre, dio su palabra de que estudiaría para cumplir esa promesa. Pasaron tres años desde ese día y ahora Merlot esperaba a que pasaran siete atardeceres para poder tomar un tren que le llevaría lejos de allí, a un lugar donde aprendería entre maestros sabios y viejos y viejos y sabios libros cómo ser el hombre que prometió ser.

(Continuará…)

 

 

 

 

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