Sobre esos que le ponen huevos.

Y vaya que si le ponen huevos. Pero no para lo que hace falta. Corren por ahí con sus prestigiosas medallitas, sus prestigiosas carreras, sus prestigiosos libros , sus prestigiosas influencias y sus prestigiosas amistades. Y le echan huevos. Hay que tener los cojones bien puestos para pasearse con tanta pompa sin que les roce la cara contra el cemento. Lo que no se aún es donde los esconden porque no están donde deberían. Gongorillas, cortesanos y otros soplagaitas de igual calaña poniendo toda la carne en el asador en el poco honorable acto de medirse las pollas. Con un par de huevos.

Esa brutal expresión de soberbia y dramatismo bañando todos sus actos y tiñendo sus palabras. Yo soy, yo fui, yo seré… Y yo me fumo un cigarro y me enveneno mordiéndome la lengua y tragándome las ganas de sacar mis cojones a la palestra y menearlos delante de sus ojillos de rata. A veces pienso que no les vendría de más recibir un brutal acto de desprecio y crudeza para que sus fantasías chocaran de una puta vez con la puta realidad. Y chupo la boquilla del cigarro pensando que,  tal vez así, se atreverían a coger sus patéticos culos y hacer algo con sus vidas.  Dejar sus trabajos de mierda para irse a pescar a las antípodas, dejar sus bravatas insulsas para defender la libertad del hombre, dejar sus lenguas lejos de la verborrea poniéndolas dentro de las piernas de alguna mujer, dejar la jodida corona de barro para escribir de verdad. Lamentablemente, el terror que puedan provocar mis flácidas y peludas pelotas no servirá para separar sus labios del beso eterno que comparten con sus ilustres agujeros del culo. El ser humano es débil y los culos son poderosos, tanto que se nos torna imposible separarnos de nuestras propias nalgas cuando ese cupido obsceno clava su flecha en el centro de la diana marrón.

Se han pintado los labios con esa esencia acre, como putas para el baile, aprovechando cualquier oportunidad para darte su beso fecal y sumirte en una onírica travesía a través de la charlatanería. Como súcubos sensuales creados en los fuegos del porno alemán. Y ahora volverán de nuevo a llamar a mi puerta y yo me fumaré otro cigarro, escuchando el eco ensordecido de sus singulares e inspiradas críticas. Y dirán de mí que soy obsceno,  sucio, malhablado, alcohólico, frío y a mí me la volverá a sudar. No tengo medallas, ni carreras, ni un puto libro publicado, ni influencias, ni amistades pero tengo mis labios en los labios de la mujer por la que he luchado, mi lengua donde ella pueda disfrutarla, y escribo con sangre y fuego, soñando con irme algún día a pescar a las antípodas lejos de este mar de mierda.

Y mientras todo eso ocurre, yo aún sigo preguntándome donde carajo tendrán los cojones que tratan de venderme.

A saber.

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