Sobre profetas, desesperación y miseria.

He pasado ya por muchas páginas en blanco. He llevado a cabo muchos blogs que vivieron y murieron sin gloria y ahora yacen en el fondo de internet fermentando viejos textos pretenciosos. Textos que mostraban la desesperación de su autor por diferenciarse en el panorama literario y, sobretodo, el ansia de éste por lograr una identidad propia como escritor. Pero eso ha quedado ya en el olvido. Ahora el mundo arde desde los cimientos, el hambre se extiende como una plaga invisible por las calles y la depravación ha envenenado los sacros templos donde se cuidaba de la moral, el conocimiento y la política. Esa sombra silenciosa que presagiaba la destrucción se deslizó entre nuestros pies desnudos, nos abrazó mientras dormíamos, tomo decisiones por nosotros y nos ha traído al abismo donde acaba el mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

La perversión y la decadencia han tomado el mando y ya no se puede hablar de traidores y traicionados. El veneno ha calado tan hondo que  de nada serviría hablar en estas páginas de vencedores y vencidos. Ya no hay hueco para los buenos y los malos. Ahora que hemos perdido la guerra contra el sistema y derramamos vida por las heridas que han dejado en nuestro cuerpos no podemos hablar de cambios y soluciones. Ya no hay hueco para hablar de futuro.  Ahora el verbo sólo puede mencionar a aquellos que, creyéndose justos, cayeron en la injusticia y de aquellos hombres justos que tuvieron y tienen que llevar a cabo los más  oscuros actos para hacer justicia. Y, entre los cadáveres que se pilan en ambos bandos, crecen como hongos plagas de falsos profetas y agoreros que dan a los que aún conservan sus almas aquello que  ansían oír.

Los místicos que pueden ver la verdad sobre el sudor y la sangre de esos anodinos cuerpos que vagan por las calles han de vivir de los restos que encuentran en la miseria, clausurando sus bocas con un silencio abismal alimentado por el vacío en el que resuenan aún los ecos  de sus últimos vaticinios sobre este cataclismo brutal y certero. Sus palabras no tienen seguidores y sus premisas son arrastradas por el viento como arena. Sus gritos agónicos inflaman sus gargantas mientras visten su imagen con la saya de la locura, arrastrando su cordura a refugiarse en un brillo palpitante dentro de los ojos cansados de un rostro demacrado. Buscando oídos perdieron la voz y, ahora, el olvido les cerca según cae la noche de los tiempos sobre el mundo que conocemos. Yo fui uno de ellos y a punto estuve de dejar que los alaridos de mi alma acallaran el sonido de la realidad. He visto a muchos caer cegados por el ansia y me convencí que mi destino no sería así.

Ahora tomo el control de estas páginas y le susurro al teclado, entre golpes y caricias, lo que veo a mi alrededor reservando mi voz a aquellos que, desde la distancia, sepan leer mis labios. Puede que el suspiro leve y cálido que se derrama sobre esta pantalla os aliente a acercaros a escuchar lo que este joven sin vida le cuenta a una hoja en blanco. No tengáis miedo a sentaros a mi lado. Mi vista ha pasado por muchas desgracias y ha contemplado la sombra de la muerte, más veces de las que le desearía a alguien que, como yo, lleve recorridos veintidós años sobre el tiempo. Por ello he de tranquilizaros diciendo que no alcanzo a ver la victoria más allá de la hoja en blanco y que, de juntaros a mi alrededor, no sufriréis más que la imagen de un joven que ha envejecido demasiado rápido y deja caer la vida sobre una hoja de papel y, a cambio, recibiréis las  torpes y bellas esculturas que se forman con mis palabras.

Éste es nuestro legado a los que vendrán, esta es la vida que veo, aquí está mi esencia y mi alma. Éste es el mundo que me rodea, ésta es mi verdad, esto es Mystics, el regalo que pretendo dejar a los que aún no han venido y todos los que están por llegar. Y ahora que la noche me rodea os dejo al abrigo de mis palabras. Descansaré para ver un día más y volveré por aquí cuando las musas me acompañen, siempre y cuando la vida no decida interponerse entre este hombre y sus letras.

Un fuerte abrazo desde la tormenta.

Alex M.

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